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Canción del escriba de pie (1-3) por Saúl Ibargoyen

“… El hombre muere, su cuero se vuelve polvo, todos sus semejantes regresan a la tierra, pero el libro hará que su recuerdo se transmita de boca en boca, de silencio en silencio. Vale más un libro que una sólida casa o un templo de Occidente, más que un castillo también firme o un monumento erigido en un santuario… los sabios profetas han pasado y sus nombre estarían en el olvido si sus escritos no perpetuaran su recuerdo”.

 

Papiro Chester Beatty IX,
Nuevo Imperio

 

Uno de los cuatro epígrafes del libro El escriba de pie, elegido por el poeta Saúl Ibargoyen.

Saúl Ibargoyen pertenece a la estirpe de los poetas verdaderos, una especie mucho menos abundante de lo que el número de libros de poesía en circulación y la crítica de ciertos críticos permitiría suponer. Es un poeta original y, en consecuencia, suele parecer el embate de silencio que le dedican quienes están afiliados a lo novedoso y no atienden a lo sustancial.

 

Juan Gelman

Canción del escriba de pie (1-3)

 

                                        1


No yo no soy el escriba ni el pintor
yo no soy el que manda en las palabras.
Mi nombre no fue encerrado en tinta mortal
mi nombre nunca fue borrado de la piedra.
Ni el nombre de mi madre
con su pubis de barro
ni el nombre de mi padre
con sus venas colgando debajo del sol.
No soy el escriba
que ensudoró sus nalgas:
yo no puse en las fibras aplastadas
las oraciones secretas
ni los humosos cánticos
ni las cifras erróneas del trigo
ni el frescor equivocado de la carne de buey
ni el mandato que lleva a la guerra
ni las frases que traen el dolor
ni las órdenes que levantan lentas pirámides
ni las figuras ilusorias
de oro o lapislázuli
ni el decreto de dar eternidad
a un manoseado cuerpo de mujer.
Nunca escribí la apariencia de otros nombres:
nadie puede ser nombrado fuera de sí.
Nunca he conocido rostros
de príncipes descarnándose
ni pechos de aceitosas concubinas
ni ejércitos secándose en la arena
ni tetas de efebos
ni corrupción de desdentados funcionarios
ni culpas de sacerdotes
ni crímenes de estado
ni balanzas fraudulentas
ni orinadas túnicas de rey.
Nunca escribí lo poco
de mi nombre:
dos sonidos solos
combatiendo por un sitio
en el aire de metal:
cuatro letras solas
como huellas de polvo
en una boca nueva
sin lluvia y sin sed.


                                        2


"Las manos siniestras y derechas dejaron sus uñas muy
en lo adentro de las aguas sagradas que crecen desde
las rojas alturas del sur.
Y la barca con su pluma blanca
su blancura vertical
como aquella mujer irguiéndose entre los olores de la
última sombra.
Y las garzas sometidas
al verdor calcinado que vibra
apegándose a la orilla
que las oscurecidas tierras construyen."

Yo no soy el escriba
de estos signos y colores
nunca extendí los rollos rutinarios
para que en ellos entrara
mi cálamo o mi recto pincel.
Tampoco describí los artificios
del primer arquitecto
no anoté las voces de la primera canción.
No soy responsable
de que los astros tuvieran
vómitos de humo y fuego negro
ni de que la noche encerrara al mundo
en su abrazo inalcanzable.
No soy el escriba
ni sentado
ni en cuclillas:
apenas balbuceante
apenas de pie.
Simplemente no pude mentir.


                                        3


"La barca blanca
con su alta pluma iluminada
las garzas transparentes apoyándose
en un gas enrojecido que siempre llega
de los alzados abismos del sur
y los labios de un asno de ceniza
metidos en las sabrosidades de la espuma
y las patas de bestias escondidas
que lastiman burbujas de limo diluido
que tronchan las luces de pálidos peces
que remueven acumuladas
regiones de estiércol."

Pero yo no soy el escriba
que viaja por estos ríos
las tablas de cedro
no mojan mi calzón
y nada habrá de nuevo
en las ensalivadas palabras
que navegan en la falupa blanca:
una consonante envejece
junto a su sílaba muerta
y un trazo cualquiera se gasta
en la tinta o en la piedra.
Y la palanca de madera impenetrable
-con mano diestra de patrón
y con mano izquierda de terrestre marinero-aparta las
crecientes gelatinas que enferman el agua.
Y la vela única emplumada
por las tensiones del viento
ajusta su reflejo
en los cabellos y las ropas extranjeras.
Yo no soy quien navega
no soy el que moja
sus enhuesadas manos:
nadie puede escribir
sobre las viejas burbujas
que simplemente recomienzan a pasar.




De: El escriba de pie.

 

Saúl Ibargoyen Islas (Montevideo, 26 de Marzo de 1930- México, 9 de enero de 2019) fue un poeta, narrador, crítico, traductor y ensayista uruguayo, nacionalizado mexicano.

Integrante de la llamada «Generación de la crisis», bautizada así por el crítico uruguayo Ángel Rama. Esta generación estaba formada por escritores uruguayos que publicaron sus principales obras en los años cincuenta y sesenta del siglo XX.

En 1976 se trasladó a vivir a México, donde permaneció hasta su fallecimiento. En septiembre de 2001 recibió la nacionalidad mexicana por naturalización.

Trabajó como docente en la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). Era miembro de la Academia de las Letras de Uruguay desde 2008.

Fue jefe de redacción y subdirector de la revista Plural y editor de la Revista de Literatura Mexicana Contemporánea.

Publicó más de cuarenta y cinco libros, entre los que destacan: Soñar la muerteLa sangre interminable y Toda la tierra extranjera.

Su producción poética (1956-2000) fue publicada por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez y el Instituto de Estudios Chicanos con el título El poeta y yo. Esta recopilación de poemas recoge sus principales poemarios El pájaro en el pantano (1954), Palabra por palabra (1969), Exilios (1978), Basura y más poemas (1991), El escriba de pie (2002).

Sus obras han sido traducidas a varios idiomas: inglés, francés, portugués, alemán, ruso, sueco, esloveno y árabe.