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Cinco décimas por Ingrid Valencia

La gente sabe mentir

porque no son labios suyos,

lo que traen son susurros

de la calma en el sentir.

¿Tú qué traes del huir

cuando adivinas al Sol?

Si del brillo tornasol

no hay un giro en la pantalla.

Me han contado que la talla

es de un otro girasol.

 

Ya cerré todos mis ojos,

bebí el agua de sus mesas,

miré fotos con destrezas

y ayudé a cruzar a cojos.

 

¿Dónde mis duraznos rojos?

¿Cuál de las distancias abro?

¡Te lo dije, ya no alumbro!

Me dedico a los insectos:

llevo sus alas a mi hombro.

 

En qué momento te vi

si tu ojo no distinguía

cuando sin saber fui guía

de los monstruos que serví.

 

De noche sobreviví

a los días de ceguera.

 

Aunque nunca fui severa,

traía el ruido punzante

de un espejo semejante

a lo que no fue pero era.

Nos soltamos de la mano

al poco rato de andar,

él me quería mandar

—y yo que odio lo malsano,

me dio por verlo gritar.

Fue una fiesta muy honrosa

y no hablé de aquella rosa,

nos vestimos de soldados

y regresamos dorados.

¡Todo lo visto destroza!

 

No son cuatro las ventanas

cuando se duerme despierto.

 

Mira al cielo en movimiento

se han abierto las cortinas

que en las noches adivinas.

 

Hemos roto los cristales:

ya no hay filtro de señales.

 

Se ha definido el contorno:

ya no requieren de adorno.

¡Sólo encuentra los canales!

 


Por Ingrid Valencia

Imágen: Gustav Klimt